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21 ago. 2010

Entrevista a Ángel Padilla (por Veganismo en la Red, Abril 2009)

Ángel Padilla (Valencia, España, 1970), es un poeta y novelista. Activista y agitador cultural en varios movimientos sociales, en el animalismo español se le conoce como poeta de los animales.

Nota: Ángel Padilla ha concedido esta entrevista en exclusiva a Veganismo en la Red el domingo 12 de Abril de 2009.


¿Qué te impulsó a escribir sobre los animales?

Si un hombre ve que alguien pegar a un niño, o a una mujer, o a otro hombre en inferiores condiciones físicas que el agresor, sale en su defensa. No hay nada que pensar ni reflexionar. No valen filosofías previas. Se actúa y ya está. Con los animales no debe ser distinto. Mi conciencia hacia los animales me nació de muy joven. Yo siempre lo he visto como algo natural. Así que escribir sobre ellos ha venido siempre de la mano a mi evolución como ser humano en la Tierra.

Los animales son los mayores y los últimos esclavos en la sociedad humana. En un tiempo en que se piensa que la esclavitud es cosa del pasado (aunque todavía hay países en que es legal la esclavitud humana), los esclavos todavía respiran entre nosotros, arrastran cadenas, miran a sus amos con ojos tristes implorando libertad. Hablo de los animales. Para las mujeres maltratadas, para los niños con hambre, para los ancianos desprotegidos, afortunadamente, hay infinidad de colectivos formados para defenderlos; el estado destina incontables subvenciones para campañas de concienciación contra las desigualdades en cualquier sentido entre los humanos. Para los animales, en cambio, sólo unos pocos alzamos la voz por sus derechos y, sobre todo, por su liberación; y el estado sólo destina una mísera parte de su riqueza al “problema” animal; esto es: a la reclusión de los animales abandonados para que éstos no supongan un problema para el hombre.

Los derechos de los animales no humanos, en mi opinión, se resumirían en: derecho a la libertad y a la búsqueda individual de la felicidad. Estos dos derechos básicos están desligados totalmente de la relación que el hombre quiere llevar con el animal. Los animales han de estar lejos del hombre, sólo así podrán llegar a ser felices. Hace poco una compañera animalista me pidió que escribiese un poema sobre una fotografía que me mandó; en ella había un hombre acariciando un toro, el astado aparenta en la foto estar complacido de la presencia del hombre. La compañera me explicó que sería bueno que escribiese un poema en el que hablase de que hay humanos en los que el toro puede confiar. Le dije que no, imposible. No hay “mano buena” para el toro; ninguna mano es buena para ningún animal y sólo son buenos los caminos verdes, o pedregosos, o nevados; pezuñas, alas, ventosas, aletas, ganchos, que decidan a dónde ir por sí mismos.

Por su libertad lejos del hombre, para eso escribo mis obras animalistas.

¿Cuál es tu visión sobre los animales no humanos? ¿Qué significan para ti?

Los animales no humanos son hermanos nuestros, parte de la gran familia que todos –humanos, animales, árboles, ríos, flores, viento- formamos en la tierra. Una mosca tiene el mismo derecho a la vida que el más valioso de los hombres; es tan importante un centímetro de nuestra piel como un centímetro de una hoja verde. Cuando el ser humano vivía en la pureza de los bosques, era un eslabón más en la cadena trófica. El león caza para comer, y el hombre cazaba para comer. Ahora el hombre encierra de por vida a “su alimento”, lo encierra en habitáculos minúsculos y sin luz, en verdaderos infiernos en la tierra, y luego, sin el menor reparo, lo degusta troceado en su plato. Ahora el hombre no come, “degusta”. Los hombres usan a los animales como se usa un coche o un televisor. Se ríen de sus sufrimientos, de sus lágrimas de dolor, porque creen ser los reyes de la creación y porque los animales –esto es lo más importante para que este estado de cosas haya perdurado durante siglos- son siempre menos hábiles que el hombre en la visión de futuro. Incluso entre los mismos seres humanos, hay infinidad de tipos de inteligencias. Antes se creía que sólo había un tipo de inteligencia, la académica, la del superdotado. Ahora se sabe que está la inteligencia musical, la artística, la matemática... En resumen, la inteligencia se podría resumir como la capacidad mental que posibilita que un individuo resuelva los problemas con eficacia, además de que pueda ser en alguna forma útil a su entorno. Con esa premisa, el animal en el bosque, con su “inteligencia distinta”, es tan inteligente como el hombre en la sociedad. Es más, puestos a elegir entre quién, en amplitud, es más inteligente, yo diría que el animal. Porque el animal no tiene mayor problema que sus necesidades básicas del ahora. Eso le permite disfrutar verdaderamente del ahora. Y el hombre está lleno cada vez más de preocupaciones y desdichas por el después. El hombre es el animal más atormentado que existe.

Ahora bien, el animal ve sólo un trecho más allá del camino, el que le permite su vista y, acaso, su intuición –a eso me refería antes con que los animales son menos hábiles en su visión de futuro-; el hombre se sube a un avión, o mira desde un satélite, y ve todas las sendas (predice los cambios climáticos; sus conocimientos le permiten tener, casi siempre, una visión global de las cosas); eso le da una superioridad frente al animal a la hora de enjaularlo y de someterlo. Cada animal se diferencia de los demás en algo, para bien o para mal; el hombre posee una forma de inteligencia mucho más amplia y compleja –no mejor- que la de los animales, y la usa únicamente en su beneficio egoísta, sin tener en cuenta para nada lo que le rodea. Si examinamos a dónde ha llegado el “avance” de la humanidad, a día de hoy, en términos ecologistas, integrales, y lo comparamos con el avance de cualquiera de las demás especies, nos damos cuenta de que la llamada inteligencia humana es infinitamente peor en muchos sentidos a la inteligencia de las demás especies. En resumen, los animales son más útiles a la Tierra y a la vida en general que los seres humanos. El hombre moderno no sólo no es mejor que los animales, sino mucho peor. Y sólo retornando a los bosques y volviendo a nuestra conciencia antigua de unidad con todo lo vivo, retornando a esa visión sencilla que nos hace más buenos, o al menos más compasivos y útiles para nuestro entorno, podremos tener continuidad en la Tierra. Los animales son más inteligentes que nosotros. Son el ejemplo a seguir.

¿Albergas alguna esperanza de que algún día los humanos dejen de utilizar los animales?

Creo que si la humanidad tuviera una continuidad histórica en la tierra, los derechos de los animales se acabarían imponiendo, de forma amable o a la fuerza, como ha ocurrido con la victoria de otros derechos lógicamente éticos que han acabado imponiéndose (derecho de la mujer a la igualdad laboral; derecho de los negros a la educación universitaria). Desgraciadamente, veremos avanzar mucho la lucha animalista pero, por su tan lento progreso, debido a los muchos siglos de enquistamiento del mal, es previsible que llegue antes la destrucción de la civilización humana –o su conversión en otra cosa- que nuestro éxito. Esto anterior, desde el punto de vista de la lógica. Desde el prisma del ideal (en que yo me muevo), conseguiremos, sudando sangre, instaurar en el mundo una paz respetuosa. Eso es tan seguro como que mañana amanecerá. Por eso nuestra lucha.

¿Por qué reescribiste Mundo al revés?

Había mucho que mejorar. La primera versión de esta novela, publicada en Corona del Sur, era en muchas de sus partes demasiado barroca y recargada; había que aligerar, y arrojé mucho lastre. Lo que comenzó como “unos retoques aquí y allá” se convirtió en una reescritura completa, en un libro casi distinto al primero.

En esta versión editada por Parnaso, mucho mejor que la primera en Corona del Sur, todavía haría cambios. Pero sé que este no estar satisfecho nunca con la obra es parte inevitable de la personalidad creadora. La insatisfacción es el motor de la mejora. Si te cuento las versiones que he escrito sobre mi poemario “La guadaña entre las flores”, publicado también por Corona del Sur, con el que llevo casi diez años y aún no he acabado, quizá te recordaría a la elaboración de “Hojas de hierba”, de Whitman, poemario al que dedicó todos sus esfuerzos, que reelaboró y reescribió y aumentó durante toda su vida. Hay tantos poemas distintos publicados por ahí, en revistas, webs, recitados en radios, “de La guadaña entre las flores”, que si los reuniese tendría un libro de más de mil páginas.

¿Crees en la literatura, como un método artístico y personal tuyo de expresión o como una herramienta para el cambio?

La poesía es un lenguaje completo, como lo es el francés, el alemán, el italiano... La poesía es el lenguaje del alma, son las palabras que emplea el alma para ser entendida. El francés se habla en Francia. La poesía se habla entre las almas. Cuando uno está mal, realmente mal, cuando ya no valen las palabras, la poesía le habla, y él habla en silencio con la poesía. Por eso creo que el lenguaje poético es el más preciso para hablar de los sufrimientos de los animales. Los animales y la poesía provienen de una misma cantera: brizna de hierba subiendo, potrillo saliendo de la yegua o poema saliendo del poeta herido vienen del mismo lugar. Hay poetas que no lo entienden así. El poeta chileno Huidobro -por ejemplo- escribió el manifiesto “Non serviam” (no te serviré), en el que proclama una poesía capaz de crear su propio mundo, que no atienda a la naturaleza ni sea la voz de nada ni nadie. Y en la poesía actual, desde la poesía de la experiencia (en que sólo habla el poeta de su ombligo y de su cigarrillo) hasta la nueva poesía de la conciencia (en que se retorna casi a la poesía social pero con demasiado chiste y demasiadas simplezas, salvo en autores como Antonio Orihuela, donde el verso y el mensaje alcanza profundidad de profecía), los poetas entienden que hay poco por lo que luchar, que la vida es un caos, que la sociedad es un problema irresoluble, y contribuyen, en forma consciente o inconscientemente nihilista, al fin de todo. Yo creo que el poeta no es mejor persona que el que no lo es. Pero sí que ve en forma distinta a los demás mortales. Es como si se nos hubiera abierto en el aire una ventana desde la que podemos ver “otras cosas” que los demás no ven. En la mano del poeta está el mostrar con claridad lo que se ve, si es que esto sirve a los demás. Yo veo una tierra hermosa en el futuro, una promesa de mañana, un mundo donde todos los seres pueden ser felices si hay respeto entre ellos, entendiendo respetar el tener en cuenta las necesidades del otro. Veo los ojos de los llamados animales y no diferencio entre un perro abandonado y un vagabundo humano.

Recuerdo una lectura poética que dio hace poco un amigo. Dijo, entre otras cosas, que atrás quedó la poesía social, en que el poeta hablaba por otros, que a las minorías desfavorecidas no les sirve que se hable por ellas, sino que se les enseñe a hablar por sí mismas. Eso es cierto en parte, y totalmente incierto para los animales. Los animales no pueden hablar por sí mismos más que mediante gritos y quejas que nadie parece, o quiere, entender. Allí está el veterinario Illera intentando demostrar con estúpidas investigaciones que el toro de lidia no sufre. Por eso, cuantos más hablemos por los animales, más se extenderá “su voz” verdadera por el mundo humano, más se les comprenderá y, finalmente, más se les dejará en paz, que es lo único que quieren. No derechos entre nosotros, sino paz lejos de nosotros. Yo no lucho por los derechos de los animales, lucho por su liberación total y definitiva, sobre la hierba, bajo el sol, batiendo el viento como banderas blancas sus sonrisas libres.


Fuente: veganismoenlared.com - Entrevista a Ángel Padilla

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NOTAS

RespuestasVeganas.Org: La publicación de esta entrevista en RespuestasVeganas.Org no implica necesariamente que se compartan todas y cada una de las cuestiones expresadas en la misma; sin embargo, consideramos interesante su publicación por la aportación que puede hacer a la causa del movimiento abolicionista.

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