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31 jul. 2016

ARGUMENTO:
“Las plantas no sienten, pero están vivas, por tanto deben ser respetadas”

RESUMEN: ¿Qué es el biocentrismo? ¿se debe respetar a todos los seres vivos? Éstas son algunas de las preguntas a las que aquí vamos a responder.

Quienes somos sensocentristas defendemos a todos los seres con capacidad para sufrir y disfrutar, es decir, a seres que tienen experiencias e intereses respecto a ellas. Si un ser tiene intereses entonces tiene valor intrínseco, pues se valora a sí mismo.

Tanto el biocentrismo débil, como el biocentrismo duro, dan valor intrínseco a seres que carecen de intereses. El biocentrismo débil dá un valor intrínseco menor a la vida no sintiente, pero el biocentrismo duro cosifica las vidas de los seres sintientes, pues los intereses reales le son éticamente transparentes. Los seres vivos que no sienten, como las plantas, los hongos, bacterias, etc. carecen de intereses y, por lo tanto, no perjudicamos a nadie si las dañamos. Los biocentristas dan un peculiar significado a las palabras «respetar» e «intereses», los cuales vienen dados por un planteamiento teleológico rebatido en otro artículo.

Palabras clave: biocentrismo, homeostasis, respeto, ser vivo, vida

Algunos antropocentristas dicen que el veganismo no es coherente porque «las plantas también son seres vivos». En un artículo anterior se explicó que la Ética se origina en el sensocentrismo, es decir, en diferenciar a las personas de las cosas basándose, respectivamente, en si son seres sintientes o no[1]. El veganismo es poner en práctica el respeto a los seres sintientes, y de esta manera ser coherentes con la Ética. En un artículo anterior se explicó que las plantas no sienten nada porque no tienen conciencia[2], por lo tanto los veganos no cometen ninguna incoherencia ética cuando cortan y consumen plantas o cualquier otro ser vivo no sintiente. Los antropocentristas creen erróneamete que sólo son personas los seres humanos[3], razón por la cual es una ideología discriminatoria: discrimina arbitrariamente quienes no son humanos, es decir, es especista[4]. Otras veces ocurre que algunos antropocentristas dicen que se debe «respetar» a las plantas, pero entendiendo que «respetar» es «matar para comer», excepto cuando se mata para comer a seres humanos, por lo que estas personas usan la palabra «respetar» arbitrariamente (especismo linguístico) porque el hecho es que cuando se mata a alguien que quiere seguir viviendo no se le respeta, independientemente de que la víctima sea humana o no; esto nos recuerda al argumento del bienestarismo[5] y al argumento del maltrato animal (especismo linguístico)[6].

Algunas personas dicen que la Ética se debe basar en el respeto a los seres vivos, independientemente de que sientan o no sientan. Este argumento es el argumento del biocentrismo (del griego βιος, bios, «vida»; y κέντρον, kentron, «centro»), un término aparecido en los años 1970. Cuando los biocentristas dicen que se debe respetar a los seres vivos vienen a decir que los seres vivos no tienen un valor instrumental (no son un medio para los fines de otros), sino que tienen un valor intrínseco (tienen valor por sí mismos). A veces, al hablar con biocentristas, algunos de ellos parecen tender hacia el ecocentrismo[7], pues comienzan a hablar de «armonía» y de «equilibrio natural»[8] mediante lo cual pretenden justificar el abuso de unos seres sintientes sobre otros. Y en otras ocasiones, los biocentristas parecen derivar a ideas primitivistas[9]. En el biocentrismo, el valor intrínseco de todo ser vivo puede distribuirse con diferencias de grado (biocentrismo débil) o unifórmemente (biocentrismo duro):


Los biocentristas suelen hablar de manera metafórica y luego plantean sus argumentos como si lo dicho fuera cierto. Por ejemplo, cuando un biocentrista dice que las plantas «buscan» agua o luz para sobrevivir, esto facilita que se piense que estamos aceptando que las plantas tienen el «deseo de vivir», o que las plantas «buscan» su propio bien, pero como hemos asumido que las plantas no sienten, es decir, que no tienen conciencia, entonces todo este lenguaje es metafórico. Usando metáforas también se podría decir que un río «busca» conseguir «su propio bien» y que «lucha» para llegar al mar, o también podríamos decir que el «bien» para un misil es explotar en su objetivo, pero todo esto nos lleva al engaño, pues los seres vivos no sintientes no tienen intereses porque no tienen conciencia, y si un ser no tiene intereses entonces no perjudicamos a nadie si lo dañamos o matamos: es absurdo hablar de respetarlo. Las plantas, los hongos y las bacterias, al no tener intereses, no pueden valorar nada, ni siquiera «su propia» vida, por ello no son personas, sino cosas (vivas). La teleología y el argumento de apelación a la naturaleza ya fueron rebatidos en un artículo anterior[10].

Como hemos explicado en otro lugar, las seres vivos pueden reaccionar a su entorno, toda la materia lo hace, pero esa reacción no es consciente, no es sintiencia[2]. Los intereses existen porque existen individuos con capacidad para sufrir y disfrutar. Una reacción de la materia que no está acompañada de experiencias no es el resultado de un interés. Gracias a la existencia de intereses existe el valor. El valor no está aquí ni allí, el valor solo existe porque existe una conciencia que valora, de acuerdo a sus intereses. Por ello, si en el Universo no existiera ninguna conciencia entonces éste carecería de valor, pues nadie lo valoraría. Para que algo tenga valor intrínseco debe tener intereses, pues de esta forma puede valorarse a sí mismo sin la necesidad de que existan otros individuos que lo valoren. Por ello, la vida no sintiente no tiene un valor intrínseco, sino instrumental, que le es dado por individuos sintientes en forma de valor alimenticio, valor como refugio, valor estético, valor recreativo, valor científico, etc.

Dar valor intrínseco a toda vida y actuar éticamente llevaría al suicidio, pues el biocentrismo se viola inevitablemente cada vez que comemos: necesitamos matar células y seres vivos. Por ejemplo, cuando se comen frutos se matan las células vivas del fruto, impidiendo que desarrollen sus funciones, y también se matan las bacterias que éstos contienen. Este punto no refuta al biocentrismo, pues una mala práctica no rebate la teoría en la que está basada, sino que muestra el camino que los biocentristas deberían seguir en la práctica. El mismo Goodpaster escribe en su libro:

«The clearest and most decisive refutation of the principle of respect for life is that one cannot live according to it, nor is there any indication in nature that we were intended to. We must eat, experiment to gain knowledge, protect ourselves from predation... To take seriously the criterion being defended, all these things must be seen as somehow morally wrong.» Kenneth E. Goodpaster, p. 310
Traducción: «La refutación más clara y más decisiva del principio de respeto a la vida es que no se puede vivir de acuerdo a ello, ni hay ninguna indicación en la naturaleza para que nosotros podamos intentarlo. Tenemos que comer, experimentar para adquirir conocimiento, protegernos de los depredadores... Para tomar en serio el criterio que se defendió, todas estas cosas deberían ser vistas como algo moralmente incorrecto.» Kenneth E. Goodpaster, p. 310

Por lo tanto los biocentristas deben elegir entre suicidarse o ser consecuencialistas, considerando que seguir viviendo y promover un mundo biocentrista tendrá unas consecuencias menos malas que el suicidio. Los biocentristas consecuencialistas deberían promover una manera de vivir que rechace el consumo de productos y servición de origen vivo. Por ejemplo, deberían promover la recogida de nutrientes directamente del suelo y la elaboración sintética de nutrientes, deberían rechazar el consumo de madera y de papel, no pisar la hierba, etc. Por ello, Goodpaster sugiere que al menos podemos respetar los «intereses» de otros seres vivos, cuando no entren en conflicto con «los nuestros». Según Goddpaster, sólo se requiere que «usemos y matemos a los seres vivos con consideración y sensibilidad». Al igualar el valor de todos los seres vivos, el biocentrismo duro elimina la capacidad para sentir del plano de la relevancia ética (los verdaderos intereses), lo cual tiene como resultado una cosificación de los seres sintientes (humanos incluidos) para poder sobrevivir.