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2 jul. 2010

GRANDES RELATOS:
El lobo, el burro y el hombre

¿Lo horripilante puede convertirse en conmovedor? ¿Estamos frente a un cuento infantil? ¡No! Estamos delante de una inequívoca realidad promovida por la truculencia almacenada en el devenir humano. La siguiente historia tuvo lugar en la punta norte de las montañas albanesas, en el transcurso de la primavera de 2007.


En un bosque, hogar de la eternidad secreta atrapada en un suspiro, un lobo joven escuchaba el tarareo del agua, y se divertía viendo la lluvia revivir las flores y alegrar la vida, mientras la brisa acariciaba la madera, moviendo las hojas, besando la piedra.

Ante la diligente vigilancia de mamá loba, el lobito invertía las jornadas jugando junto a sus hermanos, y por las noche hablaba largamente con la luna. La reina del cielo nocturno, atravesando tiniebla descendía a ras del suelo a anidar en los árboles, y esculpir mil formas a fuerza de reflejos. La luna, soltando esa mirada muda que acumula todo el silencio guardado en la bocanada del tiempo, acompañaba los aullidos del lobuno.

Pero un día, cediendo al deseo de conocer qué existía más allá del espacio habitual, el lobillo abandonó unos instantes la manada para aventurarse en los colindantes parajes aún desconocidos. Y aunque la cautela le blindaba el ánimo, acabó pisando donde no debía pisar. De súbito, una traicionera red le envolvió el cuerpo cerrándose rápidamente, sin darle opción a la fuga. Pataleando enloquecido, a merced del miedo y la desesperación, cayó en manos de un “intrépido cazador”. El animal no comprendió porqué aquel ser le robaba el derecho a la libertad. En tanto, en un corral situado en casa del “intrépido cazador”, un burrito digería hastío, recluido en los límites de una rigurosa empalizada, contemplando siempre el mismo paisaje, y sin otra perspectiva que hacer del lomo el transporte de cargas ajenas a cambio de comida. Al lobo lo llevaron a Patok, una localidad afincada a cuarenta kilómetros de la capital: Tirana. Allí fue encerrado en una jaula inmunda, y exhibido por el “intrépido cazador” como un trofeo logrado a través de la tenacidad y la valentía.

El pobre pasó las primeras horas revolviendo sombras, velando sospechas, intuyendo que iba a terminar apaleado por los que tienen el Cielo Prometido. Sintió el derrumbe del aliento carnicero, y palpó que poco a poco enterrábase más y más en el pantano de la agobiante prisión. En el hueco de la mente veíase morir ante el titilar de las ojeadas asesinas, aturdido por las risotadas de los captores, y rodeado de las salpicaduras de su sangre esparcidas cual planetas derrotados.
Permaneció estático, aguardando el arribo del largo tormento, entretanto, con los ojos perforaba el velo del aire, y el pensamiento volvía a los suyos, lejos de los “señores” del acoso y del plomo; corriendo libremente en la amplia morada de la vegetación.

El lobuno, reacio a cualquier contacto “social”, y parapetado en la ferocidad manifestada por la temida dentadura, continuaba atento el desencadenar del lance, observando desde un inquietante distar; emitiendo el acérrimo propósito de luchar antes de entregar la existencia.

Tal vez, debido al humillante encierro, o por saberse en garras del enemigo, el lobito renunció a la alimentación. El “intrépido cazador”, notando que el hambre se comía el premio de la inolvidable hazaña, resolvió mantenerlo vivo, pues la feroz presencia le proporcionaba un gran deleite a su engreído ego. Inmediatamente la vista y el gesto viajaron hasta el burrito. Las retinas, desbordando entusiasmo, le mostraron el semblante de la solución. Y blandiendo un civilizado e inteligente proceder, metió al asno en la jaula para que el lobo lo devorara.

Los dos animales, presas fáciles de la hominal maldad, ya compartían el maloliente cuchitril; uno sería la merienda y el otro el comensal.

-¡El lobo va comerse al burro!

Parientes y vecinos del “intrépido cazador”, acudieron a recrearse viendo cómo los colmillos enfurecidos despedazaban la carne indefensa. El reloj detuvo el andar, las aves amordazaron los trinos, los arbustos encrespados subieron a la altura de las hojas, el polen errante frenó el vuelo, y la superficie callada se abrazó al espanto de la arboleda. La curiosidad clavó la atención en la escena. Los murmullos galoparon a refugiarse en la insonoridad, y el silencio acaparó la anchura del día.

Los ojos de cada animal emitieron un presagio. Una ráfaga de álgido estremecimiento horadó el sitio. Las paredes de la gayola retrocedieron alejándose del sangriento banquete. El borrico tembló, y dada la proximidad de la muerte miró en derredor buscando la vía de escape, mas, la consistencia de la jaula pronto le derritió la posibilidad de huir.

Sin embargo, la fiera no vio en el asno el bocado apetecido, e ignoró el rezongo del apetito demandando alimento. Inexplicablemente, dejó en segundo plano la necesidad de comer, y con pasos breves recorrió el metro del recelo y fue a fregarse en las patas del borriquito cual un perro cariñoso. El jumento, invadido por una marejada de agrado, movió las orejas aceptando el anuncio de amistad.

Los presentes quedaron patidifusos. El lobo feroz desistía de la comida. Los minutos pasaban y la muerte no aparecía componiendo el espectáculo.

Los animales, canjeando un callado mensaje de entendimiento, decidieron darle descanso al cepo del instinto, a fin de que la situación creada por el hombre la resolviese la sensatez. Los “irracionales”, olvidando la severidad del trance, amansaron los dientes y las patas, recompusieron la rigidez de los cuerpos, y obedeciendo al arribo del amistoso llamado, perforaron el murallón trazado por las especies. En claro desafío a la dictadura del momento, establecieron una alianza basada en la colaboración; delante de la presencia humana el lobito se ocultaba detrás del burro, y el burro lo protegía de la “bondad de los anfitriones”. De este modo, el lobo asumió la docilidad del burrito, y el asno la fiereza aportada por el compañero de infortunio.

El desencanto saltó de rostro en rostro estampando una mueca amarga en la expectación de los allí reunidos. El entretenimiento cuajado de sangre, le daba esquinazo al rojo esperado por las pupilas anhelantes.

Las jornadas pasaron sin asomo de cambio, y la relación de las bestias derivó en show de cariño. La concordia había triunfado.

La extraña convivencia agudizó la expectativa de los lugareños, y de inmediato rebotó en el interés de los medios de comunicación nacionales, terminando por desembarcar en los internacionales. La noticia produjo la masiva llegada de curiosos. El “intrépido cazador” no tardó en ver el negocio.

Corresponsales de muchos países comparecieron buscando comprobar in situ la veracidad del suceso. La inusitada confraternización cobró alas, y los “socios” de desgracia aparecieron en los periódicos y los noticiarios televisivos y radiofónicos del mundo entero.

A todo esto, una honda sospecha aterrizó en la mente colectiva: ¿qué iba a pasar cuando los ocupantes de la sucia jaula, hermanados por el cautiverio, dejaran de ser noticia? La respuesta emergió expresando una despiadada probabilidad; el destino del borrico apuntaba al estómago del lobuno, y este, al no ser domesticable, acabaría muriendo en manos de quienes lo apresaron. El insólito compañerismo halló cobijo en el corazón de la gente. Entonces, los animalistas de todo el planeta desenfundaron las voces, y en unánime grito pidieron a los gobernantes de Albania, la liberación de los animales; que el lobo tornara a la boscosa montaña de cuyo amplexo había sido arrebatado, y que al jumento lo trasladaran a un santuario donde el cuidado y el amor le hicieran olvidar el mal momento vivido.

La presión internacional devino en insostenible, y en pocos días surtió efecto; ambos recuperaron la libertad. El lobito regresó a la manada, y el asno al corral al lado de sus congéneres. Para los dos la vida volvió a tener sentido. Juntos consiguieron transmitir, que en el ramaje de los impulsos enraizados en los buenos sentimientos florece el árbol de la amistad.

Esta historia es una de las tantas que habitan en el seno de la naturaleza, enarbolando un enfático testimonio de la existencia de otras conductas, donde el afecto sabe devenir en vehículo de arraigo, y especies, razas o tamaños, pierden la relevancia otorgada por el afán de dividir que palpita en la mezquindad humana.



Escrito por Ricardo Muñoz José.
Fuente: linde5-otroenfoque.blogspot.com - El lobo, el burro y el hombre