ARGUMENTO:
"Sólo somos responsables de la intención de nuestras acciones"

RESUMEN: ¿Qué es la doctrina del doble efecto? ¿en qué se diferencia la doctrina del doble efecto del consecuencialismo? ¿somos responsables de las consecuencias negativas o doble efecto que sabemos que necesariamente tendrá una de nuestras acciones? Éstas son algunas de las preguntas a las que aquí voy a responder.

La doctrina del doble efecto viene a ser un consecuencialismo disfrazado de purismo que utiliza una supuesta buena intención en las acciones para desentenderse de las consecuencias de éstas cuando conviene, sobretodo para defender la propiedad privada y el capital.

Palabras clave: doctrina del doble efecto

En un artículo anterior demostré que existe una relación causa-efecto entre lo que se elige no hacer y lo que ocurre debido a dicha omisión, por lo tanto, además de ser responsables de las consecuencias de lo que elegimos hacer, también somos responsables de las consecuencias de nuestras omisiones. Al asumir dicha conclusión, el deontologismo se convierte en un deontologismo coherente con la realidad, con la sorpresa de comprobar que éste se ha convertido en consecuencialismo.[1] El «deontologismo» reacciona a su derrota mediante una teoría torticera llamada «doctrina del doble efecto», una idea que tiene un origen religioso.

Uno de los primeros defensores de la doctrina del doble efecto fue Tomás de Aquino (1224-1274) en su obra «Summa Theologica», estando muy presente este argumento en la tradición medieval escolástica y siendo posteriormente perfeccionado en el siglo XVI por los teólogos salmantinos, terminando relegado a manuales de la teología moral católica. Volverá a ganar notariedad a partir de la segunda mitad del siglo XX. La doctrina del doble efecto fue usada por primera vez jurídicamente en el caso Vacco vs. Quill (1997), en el que la Corte Suprema de los Estados Unidos alude a ella. La doctrina del doble efecto está incorporada en los sistemas legislativos de algunos países, por ejemplo en la legislación de Colombia[1].

Algunas personas usan el argumento del doble efecto cuando dicen que «no tenemos ninguna responsabilidad en las consecuencias indirectas de nuestras decisiones, lo importante es la intención». Según la doctrina del doble efecto sómos responsables de la intención de nuestras acciones, pero no del efecto malo (no querido) que sabemos que necesariamente se seguirá de dichas acciones. De esta manera pretenden eliminar la responsabilidad frente a las consecuencias de las omisiones: ellos no quieren que algo malo ocurra, pero dicha omisión tendrá como doble efecto que algo malo ocurrirá. La finalidad de la doctrina del doble efecto es rechazar la idea consecuencialista de que «debemos hacer un mal menor si este mal evita un mal mayor». Sin embargo, en el caso de la defensa propia, se usa la doctrina del doble efecto de manera consecuencialista. Según el consecuencialismo, si alguien nos quiere matar y nos vemos en el dilema de elegir matarle o dejar que nos mate entonces está justificado hacerle un mal (matarle) con la finalidad de evitar un mal mayor (que él nos mate). En este caso, Tomás de Aquino respondió usando la doctrina del doble efecto: «"no tenemos la intención de matarle", sino la intención de salvar nuestra vida». De esta manera, según la doctrina del doble efecto, no habríamos hecho un mal, sino un bien (salvar la vida) con un doble efecto (la muerte de quien nos quería matar). Sin embargo, lo ocurrido en ambos casos es lo mismo: hemos matado a quien nos quería matar. Lo que cambia es la explicación: mientras que desde el consecuencialismo se reconoce que «hemos hecho el mal matando a una persona con la finalidad de evitar que nos matara», desde la doctrina del doble efecto se dice que «nuestra intención era hacer el bien salvando la vida y eso tuvo como doble efecto "la muerte" de quien nos quería matar». Sin embargo, cuando en otros casos se utiliza la doctrina del doble efecto no ocurre lo mismo que al utilizar el consecuencialismo. Por ejemplo, desde el consecuencialismo se puede considerar que «hemos hecho el mal robando con la finalidad de proteger la salud/vida de una persona», en cambio en este caso quienes usan la doctrina del doble efecto no dicen que «nuestra intención era hacer el bien salvando la vida de una persona y eso tuvo como doble efecto que otra persona perdiera una parte de su fortuna». Esto ocurre porque la doctrina del doble efecto viene a ser un consecuencialismo disfrazado de purismo que utiliza una supuesta buena intención en las acciones para desentenderse de las consecuencias de éstas cuando conviene, sobretodo para defender la propiedad privada y el capital. Estos son los puntos que, según la doctrina del doble efecto, deben cumplirse para que una acción esté justificada:

1) La intención del que actúa debe ser buena y excluye (no desea, pero lo tolera) el efecto malo que se seguirá necesariamente de la intervención.
2) La acción debe ser en sí buena o indiferente: por ejemplo, no sería correcto realizar una acción en sí indebida para conseguir un fin bueno.
3) El efecto indirecto malo no debe ser ni la causa ni el medio para conseguir el efecto directo bueno.
4) Debe existir una razón proporcionalmente grave para aceptar el acto. Es decir, el beneficio que se espera obtener debe ser lo suficientemente serio como para justificar la puesta en marcha de una acción que traerá alguna consecuencia negativa.

Algunas personas se dan cuenta de que la doctrina del doble efecto no deja de ser una mala versión del consecuencialismo y por eso incluso intentan negar la relación causa-efecto existente entre las acciones y su doble efecto. Por ejemplo, los veganos consumimos vegetales que provienen de agricultura no vegana que mata a animales en los campos de cultivo[2]. Al comprar dichos vegetales financiamos la agricultura no vegana y por lo tanto que se mate a dichos animales. Como ya expliqué, una mala práctica no rebate la teoría[3]. Desde el consecuencialismo puede justificarse dicha financiación como un mal menor, pues no comer vegetales tendría peores consecuencias para el avance del movimiento vegano. En cambio, desde la doctrina del doble efecto se dirá que la intención es comer productos vegetales y que el doble efecto de dicha decisión es que se financia la agricultura no vegana, es decir, la matanza de animales. A algunas personas, cegadas por la ilusión de creerse éticamente puras, no les gusta reconocer que son responsables de dicho doble efecto y lo que hacen es negar la relación existente entre la acción de comprar vegetales y su doble efecto (fumigación): dicen que los consumidores de vegetales no tienen nada que ver con que los agricultores maten animales con insecticidas, y echan la culpa sólo a los agricultores y a los políticos que permiten que sea legal. En esta misma línea, estas personas dicen que los consumidores de productos que se están experimentando en animales no tienen nada que ver con dicha experimentación animal. Por ejemplo, en el artículo «Acerca del uso de medicamentos» podemos leer: «Al consumir un medicamento [u otro producto que se está testando] no estamos demandando explotación animal por el solo hecho de que ese medicamento hubiera sido experimentado en animales», aunque poco después dice que no debemos demandar esos productos, contradiciéndose. Es curioso el caso de esta persona que incluso ha llegado a decir que «fumigar con insecticidas no es contrario al veganismo, en tanto que no implica utilizar animales», lo cual es tan absurdo como decir que «la caza no es contraria al veganismo, pues no implica utilizar animales».