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14 oct. 2011

Espacio genéricos, ¿espacios de la religión? Una reflexión sobre la condición de la mujer a través de las fuentes orales (Juan Cascajero, 1987)

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A continuación publicamos un extracto de un artículo de Juan Cascajero. Este trabajo se inscribe en el Proyecto de Investigación financiado por la D.G.E.S., «Fuentes orales para la Historia Antigua» (PB 97-0253). El Título, en reconocimiento a la autora de] «espacio de los iguales, espacio de las idénticas», Arbor, 1987, 113- 127. En el texto se plantea el tema de la apelación a la Naturaleza, una falacia informal. La falacia consiste en asignar un propósito o finalidad natural (un telos) a cada cosa e individuo y de ello se concluye que lo correcto es que cada cosa e individuo cumpla con su propósito. La religión añade que dichos propósitos son la voluntad de Dios. El texto se centra en el uso de la falacia para con las mujeres, pero es extrapolable a los animales no-humanos.

«La naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la conservación, ha creado a unos seres para mandar y a otros para obedecer. Ha querido que el ser dotado de razón y de previsión mande como dueño, así como también que el ser capaz por sus facultades corporales de ejecutar las órdenes, obedezca como esclavo... En la naturaleza, un ser no tiene más que un solo destino, porque los instrumentos son más perfectos cuando sirven, no para muchos usos, sino para uno solo... porque la naturaleza de una cosa es precisamente su fin, y lo que es cada uno de los seres cuando ha alcanzado su completa realización se dice que es su naturaleza propia» (Aristóteles, Política, fragfn., 1252 a-b). «Ya hemos dicho que la administración de la familia descansa en tres clases de poder: el del amo, del que hablamos antes, el del padre y el del marido... El varón, siempre que no se establezca una situación antinatural, es más apto para mandar que la mujer... ¿deben entonces poseer las mismas virtudes el ser formado por la naturaleza para mandar y el destinado a obedecer?... Evidentemente, es necesario que ambos tengan virtudes tan diversas como son las especies de seres destinados por la naturaleza a la sumisión. El esclavo está absolutamente privado de facultad deliberativa; la mujer la tiene pero disminuida; el niño la tiene, pero imperfecta. Y lo mismo sucede con las virtudes morales. Se debe suponer que existen en todos, pero en grados diferentes y en la proporción precisa para el cumplimiento de su destino específico. El que manda debe poseer la virtud moral en toda su perfección. Su tarea es idéntica a la del arquitecto que ordena y el arquitecto es la razón... de modo que no es lo mismo la facultad comprensiva del hombre que la de la mujer, como no lo son el valor y el sentido de la justicia» (Ibíd., 1259a-1260a)[1]

Diez y nueve siglos más tarde, Fray Luis de León[2] propone su ideal de «la mujer con la pata quebrada y en casa»:

«La naturaleza hizo a la mujer para que, encerrada, guardara la casa... no las hizo para el estudio de las ciencias ni para los negocios sino para un solo oficio simple y doméstico y así les limitó el entender y por consiguiente las palabras y las razones» (p. 453). «No piensen que las creó Dios y las dio al hombre sólo para que les guarde la casa sino también para que les consuele y alegre. Para que en ella el marido cansado y enojado halle descanso, y los hijos, amor, y la familia, piedad y todos en general acogimiento agradable» (p. 455). «¿Por qué dio Dios a las mujeres fuerzas flacas y miembrosmuelles, sino porque las creó no para ser postas sino para estar en un rincón asentadas?» (p. 549).

En los albores del 68, era común entre los personajes más influyentes de la ciencia médica del franquismo tardío proponer una terapéutica capaz de atajar los males del siglo y regenerar nuestra sociedad: «Lo importante en Ginecología psico-somática no es su diagnóstico ni su tratamiento, sino su `profilaxis': y su profilaxis es `social', atacando el mal de la vida moderna en su raiz, volviendo a la mujer a su rango y a su misión biológica»[3].

No hace mucho tiempo aún, el de mulieris dignitate de Juan Pablo II, con la florida retórica vaticana que exigía el evento, previo reconocimiento de las especificidades y del «genio» de las mujeres, les confería unas pautas de conducta y unos horizontes acordes con sus virtudes y cualidades naturales: su sujeción al hogar y a la familia. Toda la capacidad de filigrana de la dialéctica papal, a la postre, quedaba reducida al recurso a la eterna apelación patriarcal al esencialismo femenino. ¡Tanta expectación, tanto ruido para pedir a las mujeres que «hicieran de mujeres»! Kinde, Kuche, Kirche[4].

En tales excrecencias de la razón patriarcal[5] (reconózcase que de cierto peso en Occidente), se exprime el sentido de la apelación a la naturaleza o a la divinidad para comprender y situar las diferencias entre hombre y mujer. Diferencias que, en el plano social, que es lo que aquí interesa, significan la sujeción, opresión y explotación de la mitad de la humanidad[6]. Porque, al no experto en cuitas divinas, le resulta extremadamente difícil, al menos en lo que al noble papel legitimador de la desigualdad se refiere, distinguir entre divinidad y naturaleza, empecinadas ambas en servir de baluarte y coartada al sistema general de dominación masculina. En este contexto, «la dualidad de espacios» o «los espacios genéricos», es lo mismo, como categorías de análisis y como realidades sociales, son capaces, de contener y expresar las formas fundamentales de dominación masculina, por una parte, y de sujeción-opresión-explotación de la mujer, por otra.

«Dualidad de espacios» públicos y privados, «dicotomía de esferas» públicas-políticas y domésticas, «división sexual del trabajo», «división del trabajo en función del sexo», «reparto sexuado de tareas, conductas y roles», «los espacios genéricos», en suma... expresan, con algún matiz, lo mismo: el núcleo mismo de la primera y más oprobiosa contradicción social de la Historia (y del mundo actual[7]). La segregación de actividades[8], expresión, causa y consecuencia de la dominación-explotación masculina, es, por tanto, a la vez, la referencia más clara de la conflictividad genérica (actual y de todo tiempo)[9]. Significa, en síntesis, que el colectivo varón se arroga el privilegio de ordenar inapelablemente al colectivo mujer un espacio y unas tareas propias. Un espacio, que es la casa, «su sitio y lugar naturales». Unas tareas, que son las del cuidado del hogar, de los hijos, del marido..., «sus tareas naturales». El espacio doméstico y sus tareas le son naturales, dice «la palabra del padre», porque sólo la mujer tiene hijos y es natural que los cuide y, ya que, para ello, debe permanecer en la casa, es natural que atienda las demás necesidades del hogar[10]. Para el cumplimiento de tal cometido, La naturaleza (o la divinidad, es lo mismo), siempre previsora, ha otorgado a la mujer unos recursos físicos apropiados, unas cualidades, unas aptitudes especiales, unas predisposiciones, «un genio», una forma de ser femenina. Porque «su diseño somático abriga un 'espacio interior' destinado a dar a luz a la progenie de los hombres elegidos y, con él, un compromiso biológico, psicológico y ético para cuidar a la infancia humana...»[11]. Y, al mismo tiempo, le ha limitado otras (que hubieran podido permitirle ocupar otros espacios). Cada sexo, pues, tiene su propia esfera de acción, su sitio, su espacio natural. Y la mujer queda recluida en los límites del espacio doméstico, lugar donde, principalmente, se desarrolla su explotación económica, sexual y emocional: la naturaleza (o la divinidad) completa, así, su ciclo como «mecanismo conceptual discriminatorio» (C. AMORÓS). Porque la apelación a los dictados inapelables de la naturaleza para legitimar la opresión no constituye el eco remoto de un primitvo recurso, hoy en desuso, para justificar la desigualdad. A la naturaleza (o a la divinidad) siguen acudiendo no sólo santones y profetas iluminados'[12] sino también sesudos/as esencialistas y biologicistas[13] y, lo que es peor, no pocas delicadas exponentes de la Diferencia. ¡Como si la humanidad no fuera algo más que puro determinismo biológico en el que, inexorablemente, deberían cumplirse las leyes de la naturaleza! ¡como si el ser humano, varón o mujer, no fuera algo más que un primate indiferenciado!(1)
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NOTAS Y REFERENCIAS

(1) RespuestasVeganas.Org: aquí vemos como el autor hace uso de aquello que critica. Los animales no-humanos, menos aún los primates, no son todos iguales sino que cada uno tiene su propia personalidad.

[1] Sobre estos fragmentos, véase S. MAS y A. J. PERONA, «Observaciones sobre la
relación entre ciudadanía y patriarcado en Aristóteles», en VV.AA., Conceptualización de lo femenino en la filosofía antigua, Madrid, 1984, pp. 81-89.
[2] La perfecta casada, citado según ed. de Edaf, Madrid, 1979.
[3] J. BOTELLA LLUSIA, citado por Cristina MOLINA PETIT, Dialéctica feminista de la Ilustración, Barcelona, 1944. A esta obra remito sobre la evolución, como realización social y como teoría de legitimación, de la dualidad de espacios desde el feminismo de la igualdad. La autora, transcendiendo del análisis de la dicotomía público-privado en la Ilustración, oferta (a través del sentido social de la asimétrica distribución de espacios públicos (para el hombre) y privados (para la mujer), un campo extraordinariamente rico para la reflexión social y genérica del pasado y del presente. A esta obra fundamental se remite para una comprensión no patriarcal de la articulación-disposición de los espacios masculinos y femeninos en Occidente. De ella, hace tiempo, que nos reconocimos deudores, no sólo en el aspecto estrictamente intelectual.
[4] La expresión machista alemana alude al papel tradicional asignado a la mujer «niños, cocina, iglesia». El subrayado de las mayúsculas se deja a la libre interpretación.
[5] Para una comprensión del concepto, puede verse C. AMORÓS, Hacia una crítica de la razón patriarcal, Barcelona, 1985. Un poco antes, L. FALCÓN, desde su feminismo radical, proponía su razón feminista: La razón feminista, I, la mujer como clase social y económica. El modo de producción doméstico y II. La reproducción humana, Barcelona, 1981-1982.
[6] Concibo la explotación (económica, sexual y emocional) de la mujer como el rasgo esencial de la conflictividad genérica. No obstante, los conceptos de desigualdad, dominio, violencia estructural, material y simbólica, conflictividad, opresión, explotación y marginación son tan cercanos e interdependientes que, en ocasiones, parecerán ser usados como sinónimos. En realidad, en mi opinión, son las distintas caras de un mismo fenómeno: el del abuso desmedido de unos seres humanos sobre otros. Cfr. I.M. YOUNG, «Five Faces of Opression», Philosophical Phorum, 19, 1988 (reel. e incluido en La justicia y la política de la diferencia, Valencia, 2000).
[7] La primera, tanto por el número de afectados (que, por disfrutarla o padecerla son todos) como por su duración a lo largo de todos los tiempos y ancho de los espacios. Aunque con distinta intensidad. Los «logros» de unos pocos paises, en modo alguno, pueden hacer olvidar una realidad mundial opresora. No dejo de desconfiar de los/as cantores/as de tantos avances igualitarios. Su optimismo incontenible enmascara la desigualdad.
[8] La segregación de actividades no alude sólo a la reclusión de la mujer en el ámbito privado-doméstico y al monopolio masculino de lo público-político (segregación horizontal) sino también a la separación de tareas en el interior de cada espacio (público o privado) allí donde pudieran, de algún modo, compartirse o empezar a compartirse (segregación vertical). Cfr. A. AMORÓS, «La división sexual del trabajo», en C. AMOROS (dii:), 10 palabras sobre mujer, Estella, 1998, pp. 257-295. Esta separación de tareas (que, naturalmente, varía en función de factores socioeconómicos y culturales) subyace y es subsidiaria a las distintas formas y evoluciones de la división social del trabajo. Para una reflexión sobre esta última afirmación, véase L. FALCÓN, La razón feminista... cit. y Ch. DELPHY, Por un feminismo materialista. El enemigo principal y otros ensayos, Barcelona, 1982 y Close to Home: A Materialist Annalysis of Women's Oppression, Amherst, 1984.
[9] Tal referencia no debe, sin embargo, considerarse aislada sino en el marco de las demás referencias que vengo denominando parámetros genéricos, capaces, si se observan conjuntamente, de ofrecer con claridad la especificidad negativa de la condición femenina. Y tal oferta, no se olvide, es imprescindible para el logro de la conciencia de su propia experiencia histórica, de su identidad como mujer, de su conversión, en suma, en sujeto histórico. Los citados parámetros genéricos para la Historia Antigua han sido expuestos recientemente en sendos trabajos míos recientes («Género, dominación y conflicto: perspectivas y propuestas para la Historia Antigua», Stadia historica, 2000 y «Conflictividad genérica y fuentes orales para la Historia Antigua», Gerión, 19, 2001 (en prensa).
[10] Sobre la transcendencia social del ejercicio de la maternidad, sigue siendo funda ya clásica obra de N. CHODOROW, The Reproduction of Mothering. Psychoanalysis-mentala and the Sociology of Genders, Berkeley, 1979. Para ella, la organización social de la maternidad y la paternidad son el fundamento de la desigualdad genérica puesto que es la función de madre la que relega a la mujer al espacio doméstico (y, por ello, la liberaciónde la mujer no se producirá mientras no se cambie la responsabilidad del ejercicio de la maternidad y «tareas anexas»).
[11] E. ERIKSON, cit. por N. WEISSTEIN, «La Psicología construye a la mujer», en VV.AA., Las mujeres, México, 1989, p. 23.
[12] Sobre la incidencia de la divinidad y sus profetas en la sujeción-opresión de la mujer no basta con mirar a los países islámicos o al Tercer Mundo en general (lo que, con la apelación a lo peor, podría despistar la perversión propia). Mientras se escriben estas líneas, escucho que los talibanes hispanos del Circulo de Empresarios emiten un documento en el que proponen detraer una parte del salario de la mujer para crear un fondo de reserva para la posible atención a su papel procreador-reproductor. Es decir, proponen sancionar a la mujer por su condición de explotada económica y sexualmente. Tal gesto debe servir para advertirnos del carácter no definitivo de las paulatinas conquistas genéricas y sociales y de las amenazas involutivas que se ciernen sobre nosotros/as.
[13] E. ERIKSON, cit. por N.WEISSTEIN, «La Psicología construye a la mujer», en VV.AA., Las mujeres, México, 1989, p. 23.

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