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2 dic. 2010

La temida comparación: esclavitud humana y animal (Marjorie Spiegel, abril 1997)

Extracto del libro "The Dreaded Comparison: Human and Animal Slavery" (La temida comparación: esclavitud humana y animal) de Marjorie Spiegel.

Racismo: 1. la creencia que las razas humanas tienen características distintivas que determinan sus respectivas culturas, usualmente involucrando la idea que la raza propia es superior y tiene derecho de regir sobre otras. 2. la política de implementar y hacer cumpir ese supuesto derecho. 3. el sistema de gobierno y sociedad basado en él. racista

Especisismo: 1. la creencia que las diferentes especies de animales son significativamente diferentes una de otra en su capacidad de sentir placer y dolor y vivir una existencia autónoma, usualmente involucrando la idea que la especie propia tiene el derecho de regir y usar a las demás. 2. la política de implementar y hacer cumpir ese supuesto derecho. 3. el sistema de gobierno y sociedad basado en él. especisista o especista



El dolor es el dolor, sea que se inflija al hombre o a la bestia; y la criatura que lo sufre, sea hombre o bestia, siendo sensible a la miseria de la misma, mientras dure, sufre maldad …el hombre blanco… no puede tener derecho, en virtud de su color, de esclavizar y tiranizar a un hombre negro… Por la misma razón, un hombre no puede tener un derecho natural de abusar y atormentar a una bestia. -Dr. Humphrey Primatt, 1776

(La tiranía del humano sobre los seres no-humanos) ha causado y hoy día todavía causa una cantidad de dolor y sufrimiento que sólo puede compararse a aquel que resultó de siglos de tiranía del humano blanco sobre el humano negro. La lucha contra esta tiranía es una lucha tan importante como cualquier causa moral o social por el que se haya luchado en años recientes. - Peter Singer, 1974

¿Comparar especisismo con racismo? A primera vista, muchas personas pueden pensar que es insultante comparar el sufrimiento de animales no-humanos con aquél del ser humano. De hecho, en nuestra sociedad, comparar con un animal se ha convertido en un modo de insulto.

¿Por qué es un insulto para alguien ser comparado con un animal? En muchas culturas, por ejemplo, los individuos adoptaban nombres de animales admirados, y tenían guías espirituales –en forma animal- que servían tanto como maestros y acompañantes al mundo espiritual.

Nativos americanos, los egipcios, algunas tribus africanas, y muchas otras culturas antiguas alrededor del mundo han alabado a varios animales como dioses o como mensajeros de dios. ¿Así que cómo es que nos encontramos en tiempos en que la comparación con un animales no-humano ha dejado de ser un honor y en su lugar es lanzado como un insulto?

Al momento en que se “descubre” y coloniza el Nuevo Mundo, los europeos habían “subyugado” la mayor parte de las tierras en las que habían habitado por siglos. Las regiones silvestres de Europa habían desaparecido hace mucho tiempo, remplazadas por un paisaje “manejado” comprendido por “jardines ingleses”, cerros donde majestuosos bosques una vez habían erguido, y relativamente pocos parches de bosque, con frecuencia mantenidos como áreas para la cacería.

Como es comprensible, para la psiquis de los colonistas británicos fue un “shock” cuando se encontraron con los densos e interminables bosques de las tierras del norte de América. Los colonistas blancos y puritanos medían el “progreso” y la “civilización” en términos de (entre otras cosas) cuán lejos las personas podían distanciarse de la Naturaleza. “Un sinnúmero de diarios, cartas y memorias de la época” escribe el historiador Roderick Nash, son testimonio de esto en su representación de “la Naturaleza como el ‘enemigo’ que tenía que ser ‘conquistado’ y ‘subyugado’, y ‘aniquilado’ por un ‘ejército de colonizadores’. Para el colonista promedio, explica Nash,

…la Naturaleza… adquiría significado como algo oscuro y siniestro. Los (pioneros) compartían la larga tradición occidental de imaginar las áreas silvestres como un vacío moral, endemoniada y caótica. Como consecuencia, los pioneros muy claramente sintieron que batallaban con la Naturaleza no sólo para la supervivencia personal, sino que en el nombre de su país, su raza y de Dios. Civilizar el Nuevo Mundo significaba iluminar la oscuridad, ordenar el caos, y cambiar la maldad a bondad.”

Con estas creencias, los cristianos blancos estaban convencidos que era una obligación moral la de conquistar a estas gentes que vivían en harmonía con la Naturaleza, malvada y moralmente vacía –como “salvajes”, en su opinión. Sin consideración alguna por el nivel de sofisticación o aún la felicidad general de las personas viviendo en sus sociedades nativas, los conquistadores los vieron meramente como “infieles” mientras procedían a destruir culturas enteras, así como ecosistemas milenarios que desde tiempos inmemoriales los habían sustentado.

En 1688, la idea del “noble salvaje” fue introducida por el escritor y novelista inglés Aphra Behn en Oroonoko. El noble salvaje odiaba a sus compañeros esclavos porque eran:

Por naturaleza Esclavos, pobres y desgraciados Perdidos, aptos para ser usados como Herramientas Cristianas; Perros, traicioneros y cobardes, aptos para sus Amos; y sólo quieren ser latigados hacia la comprensión de los Dioses Cristianos, son lo más vil de todo lo que se arrastra.”

Este esclavo que se había entregado a su amo personifica las creencias acerca de la Naturaleza y las distorsiones acerca del mundo natural de los conquistadores cristianos, que creían que estaban sirviendo a Dios al subyugar a latigazos a la Naturaleza, los animales y a la gente negra. Y qué conveniente que pudieran obtener una fuerza laboral esclava mientras hacían su santo deber. Después de todo, no existía ninguna obligación moral hacia ninguno de esos ligados con las fuerzas del caos, la oscuridad y el diablo.

En la cita de Ahra Behn también vemos signos de una tendencia a usar la comparación con un animal como insulto: “Perros, traicioneros y cobardes…”

Todo esto tiene efecto en la vida de tanto humanos como no-humanos por igual. Siempre que los humanos sientan que están obligados a defender sus propios derechos poniendo a alguien debajo de ellos, la opresión no terminará. Esta estrategia, a lo más, resulta sólo en un individuo o grupo de personas subiendo y empujando a otros hacia abajo.

Pero tejiendo su camino en la historia de la desigualdad en nuestra cultura está otra visón, que hoy en día se hace cada vez más fuerte; el pensamiento central es que no podemos sostener que la opresión está bien simplemente porque no son como nosotros. Solamente a través de un rechazo a la violencia y a la opresión mismos es que vamos a algún día encontrar la “libertad y justicia para todos.” No es una situación de y/o; la idea de que un grupo va a tener sus derechos protegidos o respetados solamente después de que otro grupo “más importante” esté totalmente cómodo está finalmente siendo reconocido como una táctica dilatoria para aquéllos que se resisten a cambiar. A las mujeres se les hizo esperar durante años por su derecho al voto porque otros asuntos eran “más importantes”. A las personas negras en los Estados Unidos se les dijo que la esclavitud era una “necesidad económica” que debe continuarse por el bien de la nación. Hasta las reformas de los 1990s, los negros en Sudáfrica aún se les decía que el apartheid era necesario. ¿Necesario para quién? De seguro que no para aquellos que vivieron bajo esta forma de esclavitud.

Con la excepción de aquellos que todavía se aferran –ya sea expresamente o de forma tácita- al pensamiento racista, la mayoría de los miembros de nuestra sociedad han llegado a la conclusión que fue y es un error tratar a la gente negra “como animales”. Pero en lo que concierne a los animales mismos, la mayoría siente que es aceptable tratarlos, en cierto grado, de exactamente esta misma forma, es decir “como animales”. Esto es, hemos decidido que el tratamiento que es enteramente inaceptable para un ser humano es de hecho la manera correcta de tratar a un animal no-humano.

Una línea fue marcada arbitrariamente entre la gente blanca y la gente negra, una división que desde entonces ha sido rechazada. Pero ¿y qué de la línea que se marcó entre el humano y los animales no-humanos? Con frecuencia nos comportamos como si hubiera un cañón profundo y sin puentes, con el ser humano de un lado y el resto de los animales en el otro. Aún nuestra terminología refleja esta actitud: hablamos de “humanos” en una frase, y en la siguiente metemos a todos los animales en una categoría titulada “animales no-humanos”. ¿Con qué base se marcó esta línea? Seguramente esta línea, si se necesitara del todo, puede haberse colocado con igual o mayor eficacia en un sinnúmero de lugares. Somos, por ejemplo, mucho más cercanos -genéticamente y en cuanto a conducta- a otros primates, que los primates no-humanos lo son a los sapos. Así que posiblemente podría haberse puesto la línea después de los otros primates. O, la línea se pudo haber colocado igual para separar todos los mamíferos de las demás criaturas, ya que los mamíferos compartimos atributos que otros animales carecen.

Pero el problema con esta estrategia es que presupone una especie de lista ascendente “de peor a mejor”, empezando por los seres más simples directo hacia donde está el ser humano –en la cima, por supuesto. Este intento de hacer un “ranking” de especies refleja la crónica malinterpretación y mala aplicación de la Teoría de la Evolución de Darwin, al erróneamente concluir que el ser humano es el “producto terminado” de la Evolución. Por el contrario, El Origen de las Especies de Darwin implicaba que los humanos éramos primos hermanos evolutivos de los simios modernos y los orangutanes, todos distintivamente y simultáneamente evolucionando a partir de un ancestro común, así como, por ejemplo, distintas especies de gatos evolucionan a parir de un ancestro felino común. Darwin fue aún más allá, escribiendo en su libro de notas que “los animales pueden compartir nuestro origen en una ancestro en común… podríamos estar todos tejidos juntos.”

Darwin fue aún más específico en sus puntos de vista acerca de las características compartidas entre otros animales y la especie humana. “Los sentidos y las intuiciones,” escribe Darwin en 1871, “las diversas emociones y facultades, tales como el amor, memoria, atención, curiosidad, imitación, razón, etc. de la cual el hombre se jacta, puede encontrarse en forma incipiente, o a veces bien desarrollada en,” como se les llamaba en los tiempos de Darwin, “los animales bajos.” Concluye que “no hay diferencia fundamental entre el hombre y los mamíferos mayores en sus facultades mentales.”

Sin embargo, del equivocado concepto que los humanos son evolutivamente mejores que los animales se puede deducir fácilmente (para aquellos que están predispuestos a esta forma de pensar) que los blancos son evolutivamente superiores a los negros. De hecho, basado en la malinterpretación popularizada acerca de la teoría evolutiva vino una tendencia llamada “Darwinismo Social”. Darwin había hablado de la selección natural en relación a la adaptación, pero los Darwinistas Sociales –usualmente los ricos y poderosos- adoptaron la selección natural como una llave hacia el “progreso”. Darwin mismo estaba profundamente molesto con esta aplicación de su teoría, mediante la cual conductas agresivas hacia otras razas, clases o especies podía racionalizarse y justificarse como una demostración de la evolución en acción, una manifestación de “la Naturaleza en garra y colmillo.”

Antes de que el concepto de la evolución fuera ampliamente conocido y aceptado, la doctrina religiosa –que ubica al ser humano (cristiano, “civilizado” y blanco) por encima de todos los demás seres- sirvió como justificación para la subyugación de tanto negros (a quienes los escritores y oradores pro-esclavitud aseguraban que ¡eran de otra especie!) como animales n-humanos; esta subyugación se dijo estaba ordenada por Dios. Más tarde, bajo el emblema del Darwinismo Social, tanto la violencia sin medida hacia los “animales bajos” como la esclavización de los negros “salvajes” en África fueron vistos como expresión de un derecho evolutivo por nacimiento.

Hace solamente un cuarto de siglo eran comunes gráficos mostrando la evolución de los primates a partir de ancestro distantes, pasando por varios homínidos, a una persona negra, y finalmente a un hombre blanco de raza aria ya erguido. Sin mucho escándalo acerca del mensaje carente de ciencia, sutilmente racista (ni la carencia de ciencia en cuanto a la evolución humana, biología humana, y nuestra relación a otros primates modernos), estos cartelones calladamente se retiraron de circulación. Pero podrían darnos razón para pausar al considerar un sistema de “ranking” que ubica a todos los seres humanos arriba en el pedestal de la evolución, con la exclusión de otros animales.

Como hemos visto, Darwin mismo creía que la historia evolutiva no es base para decidir “quién es mejor que quién.” La evolución ocurre como resultado de mutaciones genéticas y no existe base moral para declarar que la forma mutada es mejor que la forma ancestral sin mutar. Pero aún la comparación de una especie moderna a sus propios predecesores ancestrales tiene más sentido que lo que usualmente se intenta: la comparación del ser humano a otros animales de familias biológicas completamente diferentes, en un esfuerzo por determinar “cuál es mejor.” Actualmente, en el tiempo evolutivo, os humanos son adiciones relativamente nuevas al panorama; en nuestro estado actual de desarrollo nos encontramos sin un posición estable ni en armonía dentro de un ecosistema. Tampoco hemos todavía “resuelto” todos los detalles de psicología y conducta, lo que deja a nuestra especie con serios problemas que simplemente no existen para la mayoría de los miembros de otras especies altamente complejas.

Pero ¿qué de todo esto es relevante en determinar si los seres humanos o cualquier otro animal es “digno” de consideración moral? ¿Cuáles son las cualidades que un ser requiere para que el que se le trate “como un animal” sea inaceptable? Entre más aprendemos acerca del medio ambiente de la Tierra, sus ecosistemas, y las criaturas que viven aquí, más podemos ver los absurdo del concepto del “ranking” de una especie contra otra. Toda la vida en el planeta está inextricablemente unida en una tela de interdependencia mutua. En esa tela, cada especie tiene un nicho para el que está más o menos adaptada, y atributos que otras especies carecen. Sólo es con una visión de mundo antropocéntrica es que las cualidades poseídas por el ser humano son aquellas con que se mide al resto de las especies.

Si la Tierra fuera repentinamente colonizada por una especie más poderosa y belicosa que el ser humano, ellos podrían igualmente usar atributos especiales para ellos al crear un sistema de jerarquías. Supongamos que de casualidad estos alienígenas se asemejaban a un miembro de la familia de los felinos. Ellos pueden decidir usar la habilidad para ver en la oscuridad como el factor determinante para decidir quién es digno de poseer libertad y a quién se le va a exterminar y esclavizar. Medido contra los estándares de los gatos alienígenas, virtualmente todos los seres humanos fallarían miserablemente, y si estos gatos son algo parecido a nosotros cuando se trata de ética. Los humanos pasarían sus vidas en cautiverio y esclavitud. El uso de la visión nocturna como criterio sería tan parcializado como el criterio que nosotros hemos decidido usar. Pero somos nosotros más que los primos espaciales de los gatos que actualmente mandamos, y como tal hemos hecho de esas características que se dice son exclusivamente humanas los requerimientos para consideración moral.

Muchos filósofos han entendido claramente nuestra parcialidad. En el siglo XVI, Michel Eyquem de Montaigne escribió extensamente acerca del tema. “Veo algunos animales,” reflexiona Montaigne, “que viven una vida tan entera y perfecta, algunos sin vista, otros sin audición: quién sabe si para nosotros también uno, dos, o tres, o muchos otros sentidos, podrían estar sobrando.” Dos siglos más tarde, Lichtenberg hizo claro que pensaba que es insensato juzgar desfavorablemente a otra criatura contra estándares humanos. Igualmente absurdo es creer que los atributos humanos son más o menos sobresalientes que aquéllos especiales para otras especies. “El mono más consumado,” observó Lichtenberg, “no puede dibujar un mono, esto sólo el hombre lo puede hacer; así como es sólo el hombre quien considera esta habilidad como un mérito.” Es sólo la arrogancia humana que es capaz de encontrar belleza y perfección exclusivamente en cosas humanas. “Igualmente absurdo,” continúa Lichtenberg, “como puede parecerle a un cangrejo cuando observa a un hombre caminar hacia delante.”

A pesar de voces periódicas de razón, la acción y la tradición aún exigen prueba de nuestra “superioridad”, en forma de diferencias vitales, que puedan proveer justificación para el dominio del hombre sobre los otros animales. ¿Cuáles son esas cualidades exclusivamente humanas? Incluidas dentro de una larga lista de atributos compilada en esta exhaustiva búsqueda e la exclusividad están la habilidad para sentir dolor, emociones, razonar, la posesión de un alma, la habilidad para realizar escogencias libres, y hablar un lenguaje –todas reclamadas en un momento u otro como cualidades únicas al ser humano.

En conflicto directo con la posición de Darwin al respecto, está la visión, dos siglos antes, de René Descartes, un ávido proponente de la superioridad humana sobre los animales no-humanos. Descartes creía que los animales no tienen alma (mientras que los humanos sí), inteligencia, ni la habilidad para sentir –placer, dolor, ni nada. Si uno le pega, el animal grita sólo de la misma forma en que un reloj suena, como resultado de los mecanismos internos similares. Impulsados por esta filosofía cartesiana, los experimentos fisiológicos con animales se hicieron una tarea aún más macabra, ya que cualquier quejido, cualquier demostración de sufrimiento y esfuerzos por escapar, eran vistos como los sonidos y movimientos de verdaderos juguetes de cuerda.

Mientras que muy pocas personas hoy en día se declaran en acuerdo con tan extremo punto de vista, en nuestro tratamiento de la mayoría de los animales no-humanos, todavía nos comportamos como verdaderos cartesianos. Y mientras que la mayoría de las personas, creo, informalmente y en teoría están de acuerdo con la visión de Darwin que reconocen que los animales son seres que piensan y sienten, todavía buscamos ese portillo moral -la cualidad o cualidades poseídas por el ser humano y que carecen los seres no-humanos que nos permita encontrar una razón defendible y justificada para continuar tratando a los animales “como animales”. Sin embargo, todas las aseveraciones falsas de singularidad conductual y exclusividad son fácilmente descartadas con el sentido común y la observación sin prejuicios. Con respecto al tema de la razón, un escritor moderno argumenta:

Aunque los animales no son capaces de usar el algebra, son capaces de tomar decisiones racionales que involucran sus propios intereses. Los perros, por ejemplo, nunca serían tan irracionales como para intencionalmente inhalar humo; deben ser forzados ha hacer esto por “investigadores” contemporáneos. Creo que es razonable decir que los animales, en su propio modo, son por lo menos tan razonables –esto es, racionales respecto de sus propios intereses- como el ser humano.

Intentos de descalificar moralmente con base en la razón no han sido capaces de excluir solamente a los animales de la esfera de la consideración. Por siglos, las personas negras fueron llamadas “irracionales”, y esto se usó tanto para continuar su “custodia de protección” (en la forma de esclavitud), como para justificar el abuso ilimitado al que fueron sujetas. Así como esta aseveración se ha abandonado en su mayoría con respecto a los negros, así también está siendo ampliamente desaprobado y repensado con respecto a los animales.

Cualquiera que ha pasado un rato en la compañía de animales sabe que ellos se comunican entre ellos y tratan, con grados variados de éxito, de comunicarse con nuestra especie. Montaigne sugirió que tanto ellos como nosotros fallamos igualmente en los intentos de comunicación, y estamos igualmente frustrados. “Este defecto que impide la comunicación entre ellos y nosotros, ¿por qué no es culpa tanto nuestra como de ellos?” se preguntó. “tenemos un entendimiento mediocre de lo que nos dicen; así como ellos de nosotros, en casi el mismo grado. Nos admiran, nos amenazan, nos piden, y nosotros a ellos.”

Ni siquiera un siglo más tarde, Descartes, de su propia manera llegó a otra conclusión completamente. “Todos los seres humanos,” indica, “no importa cuán apagado o estúpido, aún el demente, pueden juntar varias palabras y formarlas en un discurso… y al contrario,” continúa,

Ningún animal por muy perfecto o bien criado puede hacer nada de este tipo. Esto no es simplemente porque carecen de los órganos adecuados, porque loros y pericos pueden aprender a decir palabras tan bien como nosotros… y personas nacidas sordas y mudas –que están por lo menos tan impedidas como lo están las bestias- tienen la costumbre de inventar sus propios signos, con los que se comunican.

“Parece increíble,” concluye descartes, “que el mejor y más inteligente de los monos o lapas no pueda aprender a hablar tan bien como el más estúpido de los niños… a menos que sus almas fueran de una naturaleza completamente distinta de la nuestra.”

Con la excepción de algunas especies de pájaros, los animales carecen, por supuesto, de las cuerdas vocales necesarias para la comunicación verbal en nuestros términos. Pero aún así, algunos de nosotros nos comunicamos con los animales de formas en que harían que aún Descartes tome nota. Chimpancés, orangutanes, y gorilas todos han sido enseñados a comunicarse con humanos a través del leguaje de signos (American Sign Language, por sus siglas en inglés). Washoe, el primer chimpancé en aprender ASL, le enseño a su bebé a hablar de esta forma. Quizá el gorila más conocido se llama Koko, quien desde 1972 ha estado comunicándose con la investigadora Francine Patterson. Koko tiene un vocabulario de ASL de más de 1000 palabras y entiende inglés hablado, usando ASL para responder. Ella también puede leer algunas palabras impresas, incluyendo su propio nombre, y crea nuevas palabras compuestas para expresar pensamientos y emociones que no están incluidas en el vocabulario que se le enseñó.

No son solamente los primates que son capaces de comunicación tan “humana”. Jeffrey Moussaieff Masson cita el caso de una lora que incuestionablemente desaprueba la creencia que los pájaros solamente repiten, sin contexto, frases aprendidas. Dejado por su instructor en la oficina del veterinario, esta lora decía, “Ven ac’a. Te amo. Lo siento. Quiero volver.”

Pero aún si alguna inmensa e innegable diferencia entre humanos y animales pudiera ser encontrada finalmente, ¿significa esto que podríamos justificar usar, maltratar, y hasta torturar a los animales? ¿Podríamos decir entonces, como lo hizo el escritor del siglo XVIII Thomas Love Peacock, que “nada es más obvio, que todos los animales fueron creados exclusivamente para el uso del hombre”? Desde ninguna perspectiva más que aquella necesaria para justificar la esclavitud, no podríamos; ese atributo especial y mítico que es sólo el dominio del ser humano aún sería irrelevante. Porque ¿qué tiene que ver la habilidad de alguien para hablar francés, manejar un automóvil, ver en la oscuridad, realizar operaciones algebraicas, o usar una herramienta, con el hecho de que sea inaceptable o justo el esclavizar, torturar, o en algún modo infligir crueldad en ellos? El único requisito relevante que debería ser necesario para que no inflijamos dolor y sufrimiento innecesario en alguien es la habilidad de un individuo de sentir dolor y sufrir. Similarmente, la única cualificación que necesita un individuo para hacer que sea malhecho que nosotros dominemos sus vidas es que ellos poseen vida, que están vivos. Todas estas otras preguntas acerca de habilidades y atributos pueden llenar los libros de filosofía, pero son, para el efecto, irrelevantes.

No es la intención de simplificar el asunto e implicar que las opresiones sufridas por los negros y los animales tienen formas idénticas. Un compleja tela de factores sociales, políticos, y económicos mantuvieron a la esclavitud e hicieron posible la vida del esclavo tal y como se conoce. Este libro de ninguna forma busca implicar que estos factores son los mismos para los animales; hay factores claros sociales, n, políticos y económicos que crean y mantienen la subyugación de los animales, así como posibles maneras en que los negros y los animales pueden responder a sus respectivos esclavizaciones. Pero, tan divergentes como las crueldades y los sistemas de opresión puedan ser, hay factores en común entre ellas. Comparten la misma esencia básica, están construidas alrededor de la misma relación básica –la que existe entre el opresor y el oprimido.

Así que, aún si pensamos que las experiencias de la gente negra en este país son únicas –como lo son, en realidad, las experiencias y reacciones de cada individuo- hay muchas similitudes que perturban entre el tratamiento de ellos en manos de las personas blancas en los Estados Unidos y el tratamiento de los animales en manos de un amplio sector de la población americana. Es ciento que, así como los humanos son oprimidos alrededor del mundo, los animales reciben un tratamiento paupérrimo en casi todas las culturas humanas del globo.

Aún más, cualquier opresión ayuda a mantener otras formas de dominación. Esta es la razón por la que se hace vital el asociar opresiones en nuestras mentes, para buscar los aspectos comunes y compartidos, y trabajar contra ellos como uno, en lugar de priorizar el sufrimiento de las víctimas –(lo que ya hemos identificado como el error de “y/o”). Porque cuando priorizamos en efecto nos convertimos en uno con el “amo”. Estamos decidiendo que un individuo o grupo es más importante que otro, decidiendo que el dolor de un individuo es menos importante que el del siguiente. Un resultado común de la priorización es las peleas internas entre los oprimidos y los opresores, haciendo trágicamente muy poco para alterar las bases de la crueldad.

Comparar el sufrimiento de los animales con el de los negros (o cualquier otro grupo de desposeídos) es ofensivo solamente para el especisista: aquél que ha aceptado las falsas nociones de cómo son los animales. Aquéllos que se ofenden al compararse con uno que sufre como él ha incuestionablemente aceptado la visión de mundo parcializada presentada por los amos. El negar nuestras similitudes con os animales es negar y minar nuestro propio poder. Es continuar activamente luchando para probar a nuestros amos, pasados y presentes, que nosotros somos similares a aquellos que nos han abusado, en lugar de a nuestros compañeros víctimas, aquellos que los amos han victimizado.

Recordemos que para aquellos con una mentalidad de amo, hay casi sierre muy poca diferencia entre una víctima y otra. Cuando tanto negros como animales son vistos como “oprimibles”, las crueldades perpetradas toman formas similares. Más adelante exploraremos si estas similitudes son debido a mera casualidad o a algo que opera profundo en la mente de los amos. Mientras tanto, notemos que la dominación de los animales, que ya se moldeaba en una torpe ciencia mucho antes de que empezara la esclavitud en América, fue en muchos casos usada como prototipo para la subyugación de los negros. Así lo observa Keith Thomas en su importante estudio Man and the Natural World (El hombre y el mundo natural):

Una vez percibidos como bestias, las personas era probable que fueran tratadas de conformidad. La ética de la dominación humana desprendió a los animales de la esfera de consideración humana. Pero también legitimizó el mal tratamiento de humanos que estaban en una supuesta condición animal. En las colonias, la esclavitud, y sus mercados, la marca con el hierro candente y el constante trabajo forzado, era una forma de lidiar con aquello que se consideraba salvaje. Los portugueses, reporta un viajero inglés, marcaban a los esclavos “como marcamos ovejas, con un hierro candente,” y en el mercado de esclavos en Constantinopla, Moryson observó a los compradores llevando a sus esclavos a puerta cerrada para inspeccionarlos desnudos, manipulándolos “como manipulamos una bestia, para verificar su gordura y su fuerza.”

Los animales que sufren hoy en día a manos de los seres humanos en laboratorios, en “crianzas intensivas”, como mascotas, y los silvestres, tristemente se asemeja a aquél sufrido por la gente negra en la América del antebellum y durante el persistente período postbellum. Los paralelos de las experiencias son numerosos. Tanto los animales como los humanos comparten la habilidad de sufrir de libertad de movimiento restringida, de la pérdida de libertad social, y de experimentar el dolor de sufrir la pérdida de un ser querido. Ambos grupos sufren o han sufrido de su capacidad común de miedo a ser cazados, atormentados, o lastimados. Ambos han sido “cosificados”, tratados como propiedad en lugar de cómo individuos que sienten y autónomos. Y tanto los negros, bajo el sistema de esclavitud, como los animales, fueron impulsados hacia un estado total de derrota psíquica y física, como resultado de todas o algunas de las variables mencionadas anteriormente. (Con los animales, por supuesto, esto continúa hoy en su forma más extrema).

De todo esto vemos que la liberación de los animales, aunque una meta digna por sus propios méritos, no es de importancia solamente para los animales no-humanos. Aunque a las personas no se les marca ya con el hierro al rojo vivo, ni son inspeccionadas en subastas, ni son exhibidas en zoológicos, formas más sutiles de opresión todavía operan que tienen su contraparte en la esclavitud animal. Avances hacia liberar los animales de nuestra dominación y control de sus vidas también servirán para atenuar la opresión de los negros y otros que sufren bajo el peso del poder de otros. Eliminando la opresión de los animales del tejido de la cultura, empezaremos a paliar algunas de las estructuras psicológicas inherentes en una sociedad que parece crear y fomentar amos. Con una filosofía de respeto universal de la vida de los demás, tratar a cualquiera –humano o no-humano- de forma cruel empieza a ser impensable.

Eminentes pensadores, escritores, y activistas tales como Fredrick Douglass, Herriet Beecher Stowe, Richard Wright, Paul Lawrence Dunbar, y muchos otros, nos muestran que ellos estaban ciertamente enterados de las similitudes entre la esclavitud humana y la animal. Sigamos su ejemplo y empecemos a rechazar la opresión en todas sus formas.

(Los esclavos) han sido tratados por la ley igual que todavía se tratan en Inglaterra, por ejemplo, los… animales. El día llegará en que el resto de la creación animal podrá adquirir esos derechos que nunca debieron de habérseles quitado más que por la mano de la tiranía. (Algunos) han descubierto ya que la oscuridad de la piel no es razón para que un ser humano sea abandonado sin ayuda al capricho de quien lo atormenta. Puede que algún día se reconozca que el número de piernas, la vellosidad de la piel, o la terminación del os sacrum, son razones igualmente insuficientes para abandonar a un ser sensitivo al mismo destino… La pregunta no es ¿Pueden razonar? Ni, ¿Pueden hablar? Pero ¿Pueden sufrir? -Jeremy Bentham, Los principios de la moral y la legislación, 1789

Fuente: web.me.com/marcelogalli - Racismo y especisismo

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NOTAS

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